¿Qué es lo que hace un espacio público y urbano agradable? Me he preguntado sobre la cuestión y personalmente me encuentro a gusto en lugares limpios, luminosos, posiblemente con gente que está realizando unas actividades (andar, pasear, tomar un café, comprar y vender, fotografiar, charlar), con colores agradables a la vista y una armonía general de las proporciones del entorno. Ya, esto es exactamente lo que les falta a nuestros pasillos: son generalmente sucios, poco luminosos – sobre todo de noche, cuando carecen prácticamente de luz artificial -, muy poca gente transita por ellos. Cuando digo “transita”, quiero decir precisamente eso, porque no hace más que cruzarlos (a veces acompañados por un perro), sus colores no son particularmente fascinantes ni pueden alabarse la armonía de sus formas.
Son espacios residuales, casi un calco al negativo de lo que se ha quedado fuera del perímetro en el momento de proyectar los edificios residenciales entre los cuales están comprimidos. Por esta razón faltan tiendas, luces, flores, plantas, y sobre todo las dimensiones necesarias para que la gente se entretenga en ellos, en vez los cruzan a buen paso porqué costituyen el camino más breve entre dos puntos.
En realidad, existen muchísimos pasillos agradables en el mundo. Y obviamente también pasillos desagradables.
Nuestra intención era justamente ésta, abrir una mirada al mundo, dar la posibilidad de atisbar, a través de un pequeño rectángulo pegado a la pared, en lugares lejanos y a veces poco accesibles, para descubrir que el mundo es más pequeño de lo que imaginamos, y sobre todo que el hombre ha usado siempre los pasillos como medio para comunicar dos puntos de la manera más rápida.
A tráves de las visiones y las miradas de nuestros ocho fotógrafos hemos tenido la posibilidad de conocer realidades cercanas y lejanas, urbanas y naturales, interiores y exteriores, figuradas o no.
Cristiano Lippa confía en el blanco y negro para sus fotografías, dándoles un aspecto dramático – como me comentó un chico en bicicleta pasando por su pasillo – e intenso. Todas son visiones sobre un Japón a veces caracterizado por cielos pesados y plomizos, que imponen su presencia sin resignarse a ser un simple fondo, de vez en cuando capturando el pasaje o la acción de alguién.
Federico Scaroni hace un complejo análisis del pasillo y de sus acepciones, dividiendo sus posibilidades en “impuesto, percibido, diseñado, soñador, espontáneo y antropomorfizado“, regalándonos visiones sorprendentes, inesperadas, oníricas, prospectivas que se cruzan, dimensiones deformadas e instantáneas de una cultura tan lejana de la nuestra como la de Tokio.
Francesca Russo tiene una visión tan mediterránea y caliente sobre el tema que induce a soñar, a imaginarnos bajo un sol ardiente respirando el olor salobre del mar. Cuando se ocupa de los espacios urbanos nos transporta a maravillosas ciudades de arte, donde nos sorprende con perspectivas y desfondamientos espaciales de los que normalmente, de paseo, a duras penas nos damos cuenta.
Mark de Rooij es meticuloso, enciclopédico, académico en su fascinante vuelta al mundo en pocas fotografías. Nos arrastra a una Europa del norte donde se percibe como el frío intenso entra en los huesos, hasta las Antillas Neerlandesas, con casitas bajas, muros desconchados por la salinidad, donde el mar casi se confunde con el cielo y te deja imaginar olores y sonidos desconocidos, para reconducirte a la Europa mediterránea caliente y desordenada de Italia y Turquía.
Michela Guglielmi concentra su mirada sobre realidades a menudo olvidadas, dramáticas, como las chabolas en Kenia y Brasil, llenas de vida silenciosa, con pocas incursiones en una Europa casi siempre más cómoda pero donde la vida se percibe más lejana.
Mitsuko Mori deja correr su imaginación para mostrarnos imágenes que dificilmente hubiéramos relacionado con la palabra “pasillo”: alas de avión, rascacielos como pasillos verticales, autopistas urbanas, recortes de cielo..
Pau Mateu no se aleja de su ciudad natal y, con pocos pero precisos encuadres, captura el paso de una persona sin dar voluntariamente importancia a su destino ni a lo que lleva consigo.
Toki Nagasawa, valiéndose de su profesión de ilustradora, decora con gracia sus fotografías, enseñándonos una realidad lejana de Tokio, a menudo rural y poblada de figuras deliciosamente pertenecientes a un Japón tradicional que, sin embargo, casa a la perfeción con la modernidad, sin parecer anacroníco.
El colectivo del pasillo, con esta intervención, ha querido ofrecer a las personas que transitan por los pasillos, una posibilidad silenciosa, efímera y evanescente de ver, conocer, entretenerse durante el paseo, imaginar, soñar, interesarse, pensar, viajar, sorprenderse y, ¿por qué no?, también de escoger destrozar. Alguna foto ha sido seleccionada y llevada a casa con amor, otras retiradas con quien sabe qué sentimientos, pero todo forma parte de las elecciones humanas.
Una metamorfosis mínima de una semana, una exposición que se podría casi simplificar en un intento de decoración – aspecto sin embargo fundamental para los hombres y los espacios que elijen como vivienda – que hemos impuesto a estos muros. Una metamorfosis que quizá se ha caracterizado ella misma como un paso, un tránsito por el pasillo, regalando algo más a quien ha percorrido nuestros pasillos urbanos. Esta metamorfosis muestra las diferentes oportunidades de transformación que este espacio puede ofrecer, casi usando el mismo mecanismo del metalinguismo que era a la base de nuestra exposición.
Visiones: una riflessione.
Che cos’è che rende uno spazio pubblico e urbano piacevole? Mi sono interrogata sulla questione e personalmente mi trovo a mio agio in luoghi puliti, luminosi, possibilmente con gente che stia svolgendo delle attività (camminare, passeggiare, prendere un caffè, comprare e vendere, fotografare, chiacchierare), con colori piacevoli a vedersi e un’armonia generale delle sue proporzioni. Ecco, questo è esattamente tutto ciò che manca ai nostri pasillos: sono generalmente sporchi, poco luminosi – soprattutto di notte, quando manca quasi del tutto la luce artificiale -, ci transita molta poca gente. Quando dico “transita” intendo precisamente questo, poiché non fa altro che non sia attraversarli (a volte accompagnati da un cane), i loro colori non sono particolarmente affascinanti né possono vantare una qualsiasi armonia delle loro forme.
Sono spazi residuali, quasi un calco al negativo di quello che è rimasto fuori dal perimetro al momento di progettare gli edifici residenziali tra i quali sono compressi: per questo mancano loro negozi, luci, fiori, piante, e soprattutto le dimensioni necessarie perché alla gente venga in mente di sostare a compiere un’azione, invece di attraversarli a passo sostenuto semplicemente perché costituiscono la via più breve tra due punti.
In realtà, di corridoi piacevoli ne esistono moltissimi al mondo. E anche di corridoi spiacevoli, ovviamente.
La nostra intenzione era appunto questa, aprire uno sguardo al mondo, dare una possibilità di sbirciare, attraverso un piccolo rettangolo attaccato alla parete, in luoghi lontani e a volte poco accessibili, per scoprire che il mondo è più piccolo di quanto immaginiamo, e soprattutto che l’uomo ha sempre usato i corridoi come mezzo per comunicare due punti nel modo più veloce.
Attraverso le visioni e gli sguardi dei nostri otto fotografi, abbiamo avuto la possibilità di conoscere realtà vicine e lontane, urbane e naturali, interne ed esterne, figurate e non.
Cristiano Lippa si affida al bianco e nero per i suoi scatti, conferendo loro un aspetto drammatico – come mi commentò un ragazzo in bicicletta passando per il suo pasillo – ed intenso. Tutte visioni su un Giappone talvolta caratterizzato da cieli pesanti e plumbei, che impongono la loro presenza senza rassegnarsi ad essere un semplice sfondo, a volte cogliendo il passaggio o l’azione di qualcuno.
Federico Scaroni fa una complessa analisi del corridoio e delle sue accezioni, dividendo le sue possibilità in “imposto, percepito, progettato, sognato, spontaneo ed umanizzato“, regalandoci visioni sorprendenti, inaspettate, oniriche, prospettive che si incrociano, dimensioni deformate e istantanee di una cultura così lontana dalla nostra come quella di Tokyo.
Francesca Russo ha una visione così mediterranea e calda sul tema da indurre al sogno, ad immaginarci sotto un sole cocente respirando l’odore salmastro del mare. Quando non si occupa di città, certo, perché in questo caso ci trasporta in meravigliose città d’arte, dove ci sorprende con prospettive e sfondamenti spaziali di cui normalmente, a passeggio, ci accorgiamo a malapena.
Mark de Rooij è meticoloso, enciclopedico, accademico nel suo affascinante giro del mondo in pochi scatti. Ci trascina da un’Europa del nord dove si percepisce il freddo intenso entrarti nelle ossa fino alle Antille Olandesi, con casine basse, muri scrostati dalla salinità, dove il mare quasi si confonde con il cielo e ti lascia immaginare odori e suoni sconosciuti, per poi ricondurti nell’Europa mediterranea calda e disordinata di Italia e Turchia.
Michela Guglielmi concentra il suo sguardo su realtà spesso dimenticate, drammatiche, come le slums in Kenia e in Brasile, piene di vita silenziosa, con poche incursioni in un’Europa quasi sempre più rasserenante ma dove la vita si percepisce più lontana.
Mitsuko Mori scioglie il guinzaglio alla sua immaginazione per mostrarci immagini che difficilmente avremmo relazionato alla parola “corridoio”: ali di aereo, grattacieli come corridoi verticali, autostrade urbane, ritagli di cielo..
Pau Mateu non si allontana dalla sua città natale e, con pochi ma precisi scatti, cattura il passaggio di una persona senza dare volutamente importanza alla sua destinazione né a ciò che porta con sé.
Toki Nagasawa, forte del suo mestiere di illustratrice, decora con grazia le sue fotografie, mostrandoci una realtà lontana da Tokyo, spesso rurale e popolata di figure deliziosamente appartenenti ad un Giappone tradizionale che tuttavia sposa alla perfezione la modernità, senza apparire anacronistico.
Il colectivo del pasillo, con questo intervento, ha voluto offrire una possibilità silenziosa, effimera ed evanescente alle persone che transitano nei pasillos, di vedere, conoscere, intrattenersi durante il passaggio, immaginare, sognare, incuriosirsi, pensare, viaggiare, subire il fascino e, perché no?, anche di scegliere di distruggere. Alcune foto sono state selezionate e portate a casa con amore, altre tolte con chissà quali sentimenti, ma questo fa parte delle scelte umane.
Una metamorfosi minima di una settimana, di una mostra che si potrebbe quasi semplificare in un tentativo di decorazione (aspetto tuttavia fondamentale per gli uomini e gli spazi che eleggono ad abitazione) che abbiamo imposto a queste mura. Una metamorfosi che si è forse caratterizzata anch’essa come un passaggio, un transito nel pasillo da parte nostra, regalando tuttavia sicuramente qualcosa in più a chi ha percorso questi nostri corridoi urbani. La metamorfosi stessa, inoltre, mostra la possibilità di metamorfosi, le varie opportunità che questo spazio può offrire, quasi avvolgendosi su sé stessa come era la natura della nostra intenzione: l’intento metalinguistico del pasillo che apre delle finestre sugli altri pasillos colti nell’obiettivo delle visioni dei nostri fotografi.
Fotografías de Ramon Mateu, Chiara y Yume.
























